martes, 26 de mayo de 2009

CYBERONTOLOGÍA, POSTHUMANISMO CIBERNÉTICO Y CONSTITUCIÓN DEL ÚLTIMO HOMBRE

¿Soñarán los cyborgs con ovejas biónicas?

Seguramente más de un aficionado a la ciencia ficción podrá notar que el legendario título de la novela de Philip K. Dick ha sido distorsionado de forma burda y posiblemente poco ingeniosa, no obstante, pienso que presenta una similitud más que asombrosa con el escrito de Daniel López Salort en el que se nos ofrece una visión del futuro que quizá se encuentre más cercano de lo que imaginamos. Ambos trabajos se cimentan sobre una cuestión que resulta inevitable plantearse: ¿Qué destino le esperará al ser humano una vez que la tecnología le ha transformado al grado de no poder diferenciarse de una máquina? Claro que en la novela el autor juega constantemente con la identidad humana de los androides (Replicants) y la posibilidad de que éstos tomen conciencia de una manera tan evolucionada que sea imposible distinguirlos de los hombres; fue desarrollada en una época en la que la robótica resultaba tan tentadora, que la idea de reproducir emociones humanas no estaba limitada por el nefasto complejo de Frankenstein. La ponencia, por otro lado, corre en el rumbo directamente opuesto: ¿Qué sucederá cuando el ser humano comience a perder lo que le ha denominado como ser pensante? La simple idea de la extinción de nuestra “humanidad” cada día crece como una nube de tormenta en el horizonte hacia el cual nos dirigimos velozmente. Veamos qué desagradables hechos podemos identificar como signos inequívocos de que nos enfilamos hacia un punto de transformación definitiva.
En primer lugar, la definición de lo que el autor señala como “Homo Cyberneticus” hace pensar en una especie de evolución electiva, en un proceso que ha dejado a un lado a la naturaleza, y que se concentra en las necesidades y particularidades de la especie “Homo” sobre el planeta. En su afán por alcanzar la perfección, e incluso la posible inmortalidad, nos sometemos a cada vez más y más adecuaciones cibernéticas que nos hacen tener una perspectiva distinta de las posibilidades fisiotecnológicas del mañana. Sería poco sorprendente que de aquí en cien años las implicaciones médicas de una prótesis sean rebasadas por las sociales o culturales, inclusive económicas. Debido a ello, la transformación de Homo Sapiens a Homo Cyberneticus no sólo se resume a una evolución biológica, es un cambio total e irreversible de la propia cultura y existencia del hombre y su sociedad.
Semejante proceso sólo puede ser llevado a cabo gracias a la organización, distribución y retroalimentación de la información, y la manera en la que ésta se integra a diferentes sistemas que cada vez más extienden sus lazos a los distintos elementos que integran nuestro “sistema humano” (el cual he llegado a ver como la suma de todas las interacciones entre la política, las ciencias, la economía, la cultura, etcétera que realizamos diariamente) con un precio que para algunos parecerá demasiado caro, pues conlleva a la eliminación de diferencias significativas entre los integrantes de este patrón de interacciones. La lectura afirma que es necesario para una asimilación de amplias dimensiones la erradicación de aspectos particulares para ser suplantados por generalizaciones conductuales, lo cual llevaría seguramente a la pérdida de la individualidad y la herencia o patrimonio de las generaciones pasadas. En aras de la unificación, dejaríamos atrás los que nos hace únicos; una terrible ironía.
Ahora bien, la anterior sucesión de hechos lleva a la suposición de que los valores como el respeto y la conservación de las tradiciones sean percibidos como síntoma de debilidad o de inadaptación, por lo tanto, sería prudente que el hombre cibernético hiciese con su vida lo mismo que hace con la información; es decir, aprovecharla y reducirla a su mínima expresión y dejarla salir para la entrada de nueva información. Tal vez por ese motivo nos parece que constantemente nos enfrascamos más y más en una sociedad del consumismo que está obsesionada con la idea de la “actualización de las versiones existentes” tanto en lo tecnológico, como en lo comunicativo, así como lo material. Después de todo “…los objetos nos determinan.” No hay mejor ejemplo de ello, que la generación adolescente que predomina en estos momentos. En el rango de los 12 a los 30 años, lo efímero representa la necesidad inmediata así como la cima de la aceptación cultural; por lo tanto, la carencia de ideologías, de movimientos activistas, y la identificación con símbolos carentes de “fondo” se presentan como condiciones adecuadas para la creación de sujetos fácilmente modelables. Éstos a su vez, carecerán de los medios necesarios para educar a su descendencia, misma que será una “versión 2.0” de sus padres entrando de esta manera en un círculo infinito de decadencia y dependencia a las insignificantes fruslerías del mundo globalizado.
En uno de los niveles más inquietantes, el propio principio natural sobre la sexualidad y la diferenciación de géneros resulta alterado gracias a la ruptura de modelos rígidos de conducta social. En el pasado, la identificación y los roles sexuales estaban definidos debido a las necesidades de supervivencia de la especie, o a la sucesión familiar para asegurar la heredad; ahora más que nunca se han eliminado las barreras que limitaban las exigencias y aficiones tanto del hombre como de la mujer. La pérdida de esas nociones tan antiguas y fundamentales no se ha restringido al comportamiento mundano; incluso el concepto Dios ha sufrido el abandono y la “actualización” que la sociedad de la información ha exigido para poder realizarse a su antojo. Si “Dios ha muerto” es porque no ha sabido vender un mensaje que se compare con las necesidades presentes del hombre cibernético. Su falta de visión y su férrea resistencia a no separarse de los modelos establecidos siglos atrás le ha destronado del centro del pensamiento universal dejándolo como un consuelo folclórico para ocasiones apremiantes y días feriados. Si antes fue el Alfa y la Omega, hoy los símbolos de principio y fin, orden y caos, etcétera, son sin duda el 1 y el 0 del sistema binario de programación. La tecnología ha logrado lo que nada había podido en siglos y siglos de evolución humana: desprenderse de lo que se es, y abrirse a la posibilidad de simplemente ser sin requerimientos ni etiquetas sociales. La fórmula del ello, el yo y el súper yo también debería verse alterada puesto que ya no habría necesidad de alcanzar una cúspide idónea que equilibre el comportamiento; las expectativas de la sociedad también se limitarían a la conducta generalizada y no más al individualismo. Por ello, el yo carecería de sentido, ya que se puede ser el yo que se desee alternándolos todos sin repercusiones significativas.
Pero algo todavía más inquietante, es la pérdida de la Historia como resultado de la integración cibernética que el hombre está rápidamente alcanzando. A un ritmo cada vez más acelerado, se diluye la posesión e interés por el conocimiento histórico, como si una de las principales “instrucciones” de este nuevo ser humano fuese sólo vivir el momento. “Carpe Diem” aparece en mi mente de manera intensa, pues se ha logrado transformar su significado original de “aprovecha el día” en algo más vano y pragmático como “vive el día” Si lo importante es el aquí y el ahora, resulta comprensible que el pasado, y muy probablemente el futuro sean considerados como sitios imposibles de alcanzar, y que por ende no vale la pena gastar energía pensando en ellos. Pero ¿es tal el grado de desprendimiento? ¿Qué consecuencias acarrearíamos sobre nosotros si tan sólo nos preocupásemos por la información del momento? A mi parecer, George Orwel lo describió muy bien en su novela 1984, en la cual se incluye una razón de por qué es indispensable destruir la historia dejando como explicación de que al destruirla, se puede dominar y destruir sin ningún miramiento. Crear las necesidades sin conocer el por qué fueron hechas, es en particular una de las premisas del mercado mundial en la actualidad. Consumimos de manera irresponsable sin llegar a pensar en las implicaciones que nos traerá en cierto tiempo tanto a nosotros como al espacio en que nos desarrollamos. El ambiente también llegará a sufrir de esta exigencia irracional y será transformado de igual manera que las otras cosas en las que el hombre ha puesto su mano.
¿Cómo sería el capítulo final de nuestro Homo Cyberneticus? Posiblemente sucedería lo mismo que ocurrió durante la revolución del Neolítico, en la que aquellos que no fueron capaces de dominar la tecnología, se vieron obligados a someterse a sus conquistadores asimilando sus culturas y formando parte de su esfera de influencia. El Homo Sapiens deberá dar paso finalmente al Homo Videns que mencionaba Sartori en su “Sociedad Teledirigida” el cual reacciona más no piensa; un eslabón fundamental para alcanzar al Homo Cyberneticus, que sobrepasará las necesidades de pensamiento y estimulación en un futuro no tan lejano. El constante proceso de perfeccionamiento nos llevará a fabricarnos a nosotros mismos sin la necesidad de procrear, y la cultura quedará como una leyenda o un mito para las generaciones que colonicen las estrellas. La Tierra se transformará en un “Paraíso Perdido”, un Edén en el que nuestra inocencia e individualidad eran apreciadas e incluso buscadas para responder las preguntas más fundamentales de nuestra existencia. Cuando la materia cobre conciencia una vez más, no será la sangre y los músculos los que muevan a la vida sobre la superficie; serán el acero y la energía los que llegarán a suplantarnos, y quizá así termine la odisea humana iniciada hace 4 millones de años, no como lo vaticinaron Philip K. Dick o Isaac Asimov con sus historias de robots que se convertían en humanos, sino de humanos que han perdido su humanidad no por deshacerse de sus cuerpos orgánicos, sino por haberse negado a reconocer ese espíritu indomable y la curiosidad innata que nos alejaron de los animales.

No hay comentarios:

Publicar un comentario